lunes, 21 de mayo de 2012

Estar solo en una habitación

Jueves por la mañana

La calle es ruidosa, además están construyendo en la esquina opuesta, la casa de enfrente no es la iglesia rusa, sino una casa de departamentos llenos de gente; no obstante..., estar solo en una habitación es tal vez una condición necesaria de la vida, estar solo en una casa-para ser exacto: temporalmente-una condición necesaria de la felicidad (una condición, porque de que me serviría la casa si no viviera, si no tuviera una patria donde descansar, por ejemplo dos ojos vivaces celestes, animados de incomprensible piedad), pero así la casa forma parte de mi felicidad, todo en silencio, el cuarto de baño, la cocina, el vestíbulo, las tres habitaciones, sin ese ruido de las casas de departamentos, ese ambiente de burdel, ese incesto de los cuerpos; los pensamientos y los deseos irrefrenables han perdido hace rato el dominio de sí mismos donde en todos los rincones, entre todos los muebles surgen relaciones prohibidas, cosas impropias, fortuitas, criaturas ilícitas, y donde nada se parece nunca a tus silenciosos suburbios vacíos del domingo, sino a los salvajes suburbios abarrotados y sofocantes de un ininterrumpido sábado por la tarde. 
                                                                             F
                                                                                                                    
                                                                                                                                    Franz Kafka, Cartas a Milena Jesenská



martes, 8 de mayo de 2012

EN LA ESTRECHEZ DE ESAS CUATRO PAREDES

"Cada mañana, después de levantarse, Simon tendía su cama e iba luego a la cocina a preparar el cacao, realmente muy sabroso, para alegría de su hermana, pues también en este caso estaba atento al detalle que da a cualquier preparación, por modesta que sea, la perfección requerida. Se encargaba asimismo, como si fuera algo obvio y no exigiera esfuerzos ni estudios previos,  de encender la estufa y mantener el fuego, así como de limpiar la habitación de Hedwig, tarea en la que mucho le ayudaba su pericia en manejar escobas largas. Abría las ventanas para que entrase aire fresco en la habitación, pero volvía a cerrarlas debidamente cuando creía llegado el momento, con el fin de tener un espacio caliente y perfumado al mismo tiempo. En floreritos distribuidos por todo el cuarto, seguían viviendo las flores arrancadas fuera, en la naturaleza, que difundían su aroma en la estrechez de esas cuatro paredes. Las ventanas tenían cortinas sencillas, pero vistosas, que contribuían a realzar la luminosidad y la alegría de la alcoba. Cubrían el piso cálidas alfombras que Hedwig había mandado hacer con restos de telas, encargándolas a reclusos pobres sumamente hábiles en la ejecución de tales menesteres. En una de las esquinas había una cama y en la otra un piano; entre ambos, un viejo sofá de forro floreado, y, delante, una mesa bastante grande con sillas a los lados. En la habitación había también un lavabo, un pequeño escritorio con su cartapacio y una estantería repleta de libros; en el suelo se veía una caja puesta boca abajo y recubierta de un paño suave, para sentarse y leer, ya que leyendo surgía a veces la necesidad de estar cerca del suelo y sentirse oriental; también había una mesita de costura con un pequeño cesto en el que se guardaba todo aquel extraño instrumental, indispensable para una muchacha de costumbres caseras, una curiosa piedra redonda provista de matasellos y sello, un pájaro, un atado de cartas y tarjetas postales, y, en la pared, un cuerno para soplar, una copa para beber, un bastón con un gran garfio, una mochila con su cantimplora y una pluma de cola de halcón. De las paredes colgaban, además, varios cuadros pintados por Kaspar, entre ellos un paisaje vespertino con bosque, un tejado visto desde una ventana, una ciudad gris entre la niebla(que era el preferido de Hedwig), una excursión al río, de suntuoso y vesperal cromatismo, una campiña en verano, un Don Quijote a caballo y una casa tan incrustada en una colina que bien podía decirse con el poeta:"Ahí detrás hay una casa". Sobre el piano, cuya tapa estaba cubierta por un paño de seda, se veía un busto de Beethoven de color verde bronce, algunas fotografías y un delicado cofrecillo vacío, recuerdo de la madre. Una cortina que más parecía un telón de boca separaba ambas habitaciones y a los dos durmientes entre sí. Por la tarde, el cuarto de la maestra adquiría un aire de peculiar intimidad cuando se encendía la lámpara y se cerraban los postigos. Y de mañana el sol despertaba en él a una durmiente bastante reacia a abandonar su lecho, aunque al final se viera obligada a hacerlo."
Robert Walser. Los hermanos Tanner 


Karl Walser

Karl Walser

Karl Walser

Karl Walser

Karl Walser



lunes, 26 de marzo de 2012

¿Que podría ser para nosotros una habitación, Natanael?

Hay habitaciones maravillosas, pero en ninguna de ellas he querido residir demasiado tiempo. Miedo a las puertas que se cierran, a las trampas. Celdas que se sellan sobre el espíritu. La vida nómada es la de los pastores.(...)¿Que podría ser para nosotros una habitación, Natanael? Un refugio en medio de un paisaje


André Gide



martes, 24 de enero de 2012

La Estancia Vacía

"Un cuarto con nadie adentro"
Sobre el soneto en -ix de Mallarmé, Calasso refiere que éste lo escribió "con la intención de ayudar al grabador que debía ilustrar el poema con un aguafuerte". Mallarmé lo veía "pleno de sueño y de vacío". De todos modos la ilustración no llegó a realizarse, el soneto fue rechazado porque seguramente se lo juzgó incomprensible. Así fue como Mallarmé resumió su poema: "Por ejemplo, una ventana nocturna abierta, pero con las dos persianas cerradas: un cuarto con nadie adentro, a pesar del aire estable que ofrecen las persianas cerradas y, en una noche hecha de ausencia, de interrogación, sin muebles salvo el esbozo plausible de vagas consolas, el marco, belicoso y agonizante, de un espejo colgado al fondo, con el reflejo estelar e incomprensible, de la Osa Mayor, que enlaza al cielo solo esta habitación abandonada al mundo".
El año de 1866 es según Calasso cuando la poesía de Mallarmé abandona el mundo exterior y se recluye en una habitación; ésta habitación coincide con el espacio de la poesía.
 Habitación, estancia vacía, un templo vacío en el que no habitan los ídolos, vacante de imágenes. La literatura restaura y reencuentra a los ídolos fugitivos, el estado de ausencia del espejo.



miércoles, 18 de enero de 2012

Nietzsche, última estación

Después se retira a su habitación mezquina, pobre, fría. La mesa está colmada de papeles, notas, escritos, pruebas, pero ni una flor, ni un adorno, algún libro apenas y, muy raras veces, alguna carta. Allá en un rincón, un pesado cofre de madera, toda su fortuna: dos camisas, un traje, libros y manuscritos. Sobre un estante, muchas botellitas, frascos y medicinas con los que combatir sus dolores de cabeza que le tienen loco durante horas y más horas, para luchar con los calambres del estómago, los vómitos, para vencer su pereza intestinal y para combatir, sobre todo, su terrible insomnio con cloral y veronal. 
Durante quince años recorre Nietzsche esa galería subterránea que va de habitación alquilada a habitación alquilada, siempre desconocido, sólo conocido de sí mismo, pasa por obscuras ciudades, por tétricas habitaciones, por pensiones mezquinas, por sucios vagones de ferrocarril, por cuartos de enfermos, mientras en la superficie del tiempo bulle toda la ruidosa feria de las artes y de las ciencias(...) 
Durante quince años, Nietzsche sale y vuelve a caer en el ataúd de su habitación, va de muerte en muerte, de dolor en dolor, de resurrección en resurrección, hasta que todas las energías de su cerebro estallan por fin y le destrozan"
Stefan Zweig. La lucha contra el demonio

sábado, 14 de enero de 2012

ASÍ ES COMO SE AMUEBLA UNA HABITACIÓN CON EL PASADO

Llegas a cualquier sitio, solo. Y entonces quieres sacar tus recuerdos, aunque son también tus sueños, y colgarlos por la habitación como fotos. Y entre cada uno se te ocurre poner un espejo imaginario que refleje tu propia cara.  Así es como se amuebla una habitación con el pasado. Y durante un breve espacio de tiempo, te inspirará incluso. Pero yo siempre he preferido-aun cuando no tuviera dinero y tan sólo supiera unas palabras de la nueva lengua-echar a andar por las calles desconocidas


         El pintor húngaro Janos Larn en su diario, con fecha 15 de mayo, 1952
         John Berger en Un pintor de hoy



viernes, 13 de enero de 2012

RECORRÍ, DESPACIO, EL REDUCIDO ESPACIO DE MI CUARTO

98.
Me desperté hoy muy temprano, en un repente lleno de confusión, y enseguida me levanté de la cama, bajo el ahogo de un tedio incomprensible. Ningún sueño lo había causado; ninguna realidad podría haberlo producido. Era un tedio absoluto y completo, pero fundado en algo. En el fondo oscuro de mi alma, invisibles, fuerzas desconocidas trataban una batalla en la que mi ser era el suelo, y todo mi ser temblaba por el incógnito combate. Una náusea física de la vida entera nació con mi despertar. Un horror a tener que vivir se levantó conmigo de la cama. Todo me pareció hueco y tuve la impresión de que no hay solución para ningún problema.
       Una inquietud enorme me hacía estremecer hasta el mínimo gesto. Tuve miedo de enloquecer, no de locura, sino del mismo sitio aquel. Mi cuerpo era un grito latente. Mi corazón latía como si hablara.
        A grandes y falsos pasos, que traté en vano de transformar en otros, recorrí, descalzo, el reducido espacio de mi cuarto, y la diagonal vacía del cuarto interior, que tiene la puerta en el ángulo que da al pasillo de la casa. Con movimientos incoherentes e imprecisos, toqué los cepillos de encima de la cómoda, desplacé una silla, y golpeé una vez con la mano movida en balanceo el hierro áspero de las patas de la cama inglesa. Encendí un cigarro, que fumé por pura subconsciencia, y sólo cuando vi que había caído ceniza en la cabecera de la cama-¿cómo, si yo no me había recostado allí?-comprendí que estaba poseído, o cosa similar, en ser cuando no en nombre, y que la conciencia de mismo, que debería tener, se había ido alternando con el abismo"



Fernando Pessoa, El libro del desasosiego