viernes, 13 de enero de 2012

RECORRÍ, DESPACIO, EL REDUCIDO ESPACIO DE MI CUARTO

98.
Me desperté hoy muy temprano, en un repente lleno de confusión, y enseguida me levanté de la cama, bajo el ahogo de un tedio incomprensible. Ningún sueño lo había causado; ninguna realidad podría haberlo producido. Era un tedio absoluto y completo, pero fundado en algo. En el fondo oscuro de mi alma, invisibles, fuerzas desconocidas trataban una batalla en la que mi ser era el suelo, y todo mi ser temblaba por el incógnito combate. Una náusea física de la vida entera nació con mi despertar. Un horror a tener que vivir se levantó conmigo de la cama. Todo me pareció hueco y tuve la impresión de que no hay solución para ningún problema.
       Una inquietud enorme me hacía estremecer hasta el mínimo gesto. Tuve miedo de enloquecer, no de locura, sino del mismo sitio aquel. Mi cuerpo era un grito latente. Mi corazón latía como si hablara.
        A grandes y falsos pasos, que traté en vano de transformar en otros, recorrí, descalzo, el reducido espacio de mi cuarto, y la diagonal vacía del cuarto interior, que tiene la puerta en el ángulo que da al pasillo de la casa. Con movimientos incoherentes e imprecisos, toqué los cepillos de encima de la cómoda, desplacé una silla, y golpeé una vez con la mano movida en balanceo el hierro áspero de las patas de la cama inglesa. Encendí un cigarro, que fumé por pura subconsciencia, y sólo cuando vi que había caído ceniza en la cabecera de la cama-¿cómo, si yo no me había recostado allí?-comprendí que estaba poseído, o cosa similar, en ser cuando no en nombre, y que la conciencia de mismo, que debería tener, se había ido alternando con el abismo"



Fernando Pessoa, El libro del desasosiego

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