martes, 8 de mayo de 2012

EN LA ESTRECHEZ DE ESAS CUATRO PAREDES

"Cada mañana, después de levantarse, Simon tendía su cama e iba luego a la cocina a preparar el cacao, realmente muy sabroso, para alegría de su hermana, pues también en este caso estaba atento al detalle que da a cualquier preparación, por modesta que sea, la perfección requerida. Se encargaba asimismo, como si fuera algo obvio y no exigiera esfuerzos ni estudios previos,  de encender la estufa y mantener el fuego, así como de limpiar la habitación de Hedwig, tarea en la que mucho le ayudaba su pericia en manejar escobas largas. Abría las ventanas para que entrase aire fresco en la habitación, pero volvía a cerrarlas debidamente cuando creía llegado el momento, con el fin de tener un espacio caliente y perfumado al mismo tiempo. En floreritos distribuidos por todo el cuarto, seguían viviendo las flores arrancadas fuera, en la naturaleza, que difundían su aroma en la estrechez de esas cuatro paredes. Las ventanas tenían cortinas sencillas, pero vistosas, que contribuían a realzar la luminosidad y la alegría de la alcoba. Cubrían el piso cálidas alfombras que Hedwig había mandado hacer con restos de telas, encargándolas a reclusos pobres sumamente hábiles en la ejecución de tales menesteres. En una de las esquinas había una cama y en la otra un piano; entre ambos, un viejo sofá de forro floreado, y, delante, una mesa bastante grande con sillas a los lados. En la habitación había también un lavabo, un pequeño escritorio con su cartapacio y una estantería repleta de libros; en el suelo se veía una caja puesta boca abajo y recubierta de un paño suave, para sentarse y leer, ya que leyendo surgía a veces la necesidad de estar cerca del suelo y sentirse oriental; también había una mesita de costura con un pequeño cesto en el que se guardaba todo aquel extraño instrumental, indispensable para una muchacha de costumbres caseras, una curiosa piedra redonda provista de matasellos y sello, un pájaro, un atado de cartas y tarjetas postales, y, en la pared, un cuerno para soplar, una copa para beber, un bastón con un gran garfio, una mochila con su cantimplora y una pluma de cola de halcón. De las paredes colgaban, además, varios cuadros pintados por Kaspar, entre ellos un paisaje vespertino con bosque, un tejado visto desde una ventana, una ciudad gris entre la niebla(que era el preferido de Hedwig), una excursión al río, de suntuoso y vesperal cromatismo, una campiña en verano, un Don Quijote a caballo y una casa tan incrustada en una colina que bien podía decirse con el poeta:"Ahí detrás hay una casa". Sobre el piano, cuya tapa estaba cubierta por un paño de seda, se veía un busto de Beethoven de color verde bronce, algunas fotografías y un delicado cofrecillo vacío, recuerdo de la madre. Una cortina que más parecía un telón de boca separaba ambas habitaciones y a los dos durmientes entre sí. Por la tarde, el cuarto de la maestra adquiría un aire de peculiar intimidad cuando se encendía la lámpara y se cerraban los postigos. Y de mañana el sol despertaba en él a una durmiente bastante reacia a abandonar su lecho, aunque al final se viera obligada a hacerlo."
Robert Walser. Los hermanos Tanner 


Karl Walser

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